La vida en o



En 1776, en el estado norteamericano de Nueva Jersey, las mujeres pudieron ejercer el derecho al voto por primera vez en la historia. Esto, que nos puede parecer un gran paso en pos de la igualdad, no fue más que un accidente: la ley electoral permitía votar a las “personas”. Cuando se dieron cuenta del error que habían cometido —ya que las mujeres vieron vía libre para expresarse mediante las urnas—, corrigieron esa ley, sustituyendo la palabra “personas” por “ciudadanos”, para que no cupiese la menor duda de que eran los hombres los que tenían ese derecho.
No sería hasta 1965 cuando la totalidad de las mujeres estadounidenses pudieron votar.

Esto, que ha pasado a la historia como una anécdota, nos demuestra la importancia del lenguaje que utilizamos.

(En España el sufragio femenino en igualdad de condiciones que los hombres llegó con la Segunda República, aprobándose este derecho en las Cortes españolas el 1 de octubre de 1931. Hace apenas 87 años)


La lengua española tiene sexo y es masculino. Nuestro idioma se alinea con una visión del mundo que parte del hombre, y no del ser humano, como centro. Ese androcentrismo se materializa en diccionarios y manuales de uso del idioma, como afirma la filóloga Yadira Calvo cuando habla del “patriarcado en el lenguaje”.

Autores como Pérez Reverte, Javier Marías o Juan Manuel de Prada niegan este hecho, haciendo ver que nuestro idioma es incluyente e inmutable, aduciendo que, si se produjeran cambios, el caos y la incomprensión entre las personas sería realmente brutal.
El sexismo patente en la RAE (de la que el citado Pérez Reverte es miembro), avala estos argumentos, que rozan más lo ideológico que lo técnico y objetivo. He aquí unos ejemplos de esos argumentos, cuando se impidió que las mujeres (Emilia Pardo Bazán, Blanca de los Ríos o María Moliner fueron algunas de las discriminadas) entraran a formar parte de ella:

“La Academia se convertiría en un aquelarre” (Juan Valera)
“Lucha del cretinismo y el histerismo” (Leopoldo Alas Clarín)
“Las únicas faldas que entrarán (en la RAE) serán las mías” (obispo Leopoldo Eijo y Garay)

Las convenciones sociales (y el lenguaje también lo es), otorgan a determinados sectores el privilegio de la voz y de la representación, mientras que a otros los excluye de él, como hemos podido comprobar en la anécdota del principio.
Los cambios sociales que vivimos, concernientes al despertar de las mujeres al mundo, a la independencia laboral, sexual, ideológica, a la elección sobre la maternidad, conllevan necesarios cambios lingüísticos que nos doten de voz, de presencia en todos los ámbitos. Porque todas y todos sabemos que lo que no se nombra no existe, lo que implica que el hecho de que las mujeres no tengamos una representación simbólica en la lengua contribuye a nuestra invisibilización.

El sexismo lingüístico implica:

-         Ocultación: por ejemplo, uso exclusivo del apellido.
“Pérez tenía un hermano, el hermano de Pérez murió, pero el hermano que murió nunca tuvo un hermano” (conclusión, Pérez es una mujer…)

-         Subordinación: valoración de un sexo como subordinado y dependiente del otro.
Definiciones de la RAE:
o   Jefe: superior o cabeza de una corporación, partido u oficio
o   Jefa: 1. Superior o cabeza de un cuerpo u oficio. 2. Mujer del jefe

-         Ambigüedad: el uso generalizado del masculino como globalizador.
“Los viajeros reclamaban por los retrasos.”  “Los viajeros reclamaban por los retrasos azuzados por sus esposas”

-         Desvalorización o menosprecio: la utilización de términos peyorativos y no simétricos en función del sexo.
Hombre público – mujer pública
Zorro – zorra

Todo esto, provoca la discriminación de las mujeres.

Hoy día, somos muchas las que nos atrevemos a denunciar el acoso sexual, el techo de cristal o la brecha salarial en nuestros puestos de trabajo, a manifestar abiertamente que no queremos ser madres, o nuestro derecho a decidir sobre el aborto. Nos sentimos capaces, muchas, de admitir que sufrimos violencia de género, a pesar de que en la mayoría de las ocasiones, la culpa, la duda, la acusación, recaiga sobre nosotras, aun siendo las víctimas.
Se nos tacha de feminazis, hembristas (términos por cierto acuñados por hombres), e incluso de ser más machistas que los propios hombres (lo cual no es de extrañar, pues llevamos siglos bebiendo del machismo al igual que ellos).
Pero hay una gran diferencia entre un hombre machista y una mujer machista: nosotras, las mujeres, seguimos siendo el colectivo discriminado, oprimido, violado, vejado… silenciado. Nosotras, las mujeres, no violamos ni matamos a los hombres y, que se sepa, aún no hemos protagonizado ningún holocausto contra ellos.
Las mujeres, seguimos siendo seres humanos de segunda. La poligamia, el matrimonio entre hombre adulto y niña, la ablación del clítoris, las diferentes prendas de ropa para ocultarnos en otras culturas (hiyab, burka), el cuidado de nuestros mayores, las violaciones y asesinatos por violencia de género (y la ausencia de un pacto de estado real en aras de su erradicación), el acoso laboral, la industria del porno, el silencio e invisibilización en diferentes campos, el machismo en el deporte… Tantos y tantos ejemplos en los que el hombre es claramente el privilegiado.

¿Realmente el debate está en el uso de una “a”? ¿Por qué molesta tanto? ¿Tendrá algo que ver con la amenaza de la pérdida de esos privilegios?




Rosa Domínguez.
Maestra de Audición y Lenguaje y delegada de Turismo y Medio Ambiente del Ayuntamiento de Bollullos de la Mitación





BIBLIOGRAFÍA Y WEBS CONSULTADAS:

-         Unidad de Igualdad de género de la Junta de Andalucía.
-         Manual de lenguaje administrativo no sexista (JJ.AA)
-         Recomendaciones para un uso no sexista del lenguaje (UNESCO)
-         Web: Mujeres en Red
-         Web: eldiario.es sección de Igualdad
-         Revista RAE


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